EL LADO OSCURO DE LA LUZ

EL LADO OSCURO DE LA LUZ
RESUMEN


Desde sus albores la humanidad usó el fuego para iluminar la noche y con ello extender sus acciones más allá de las marcadas por la luz proveniente del sol. Todos los desarrollos tecnológicos para la iluminación nocturna tuvieron al fuego en el corazón de los dispositivos generadores de luz. En el siglo XIX se logra confinar el fuego dentro de una ampolla de cristal gracias a las propiedades de la energía eléctrica y al ingenio de un visionario.

Como el aire que respiramos, la iluminación eléctrica se ha convertido en parte indisoluble de nuestra vida. Con la iluminación artificial le secuestramos la oscuridad de la noche y en el proceso, creamos la contaminación luminosa que le roba las estrellas al cielo nocturno, a la vez que se deforma el hábitat de muchos seres vivos. La explosión demográfica y el crecimiento urbano han copado nuestro planeta de fuentes de luz artificial. El fuego sometido se reivindica esparciéndose por doquiera. Postes con farolas adornan nuestras ciudades. Centros comerciales, supermercados y sus áreas de estacionamiento resplandecen desde que anochece hasta el amanecer.

El resplandor a lo lejos dejo de ser el signo inequívoco del fragor de la batalla allende las montañas o el incendio provocado que desola los bosques. Ya no es el fuego fatuo que acompaña al solitario argonauta nocturno de los verdes mares llaneros, no el efímero éxtasis de los fuegos artificiales que celebran en el cielo el júbilo exultante de los moradores de la Tierra. Por ignorancia o por desidia, el resplandor del fuego encadenado le priva al hombre que lo encadenó de la visión que lo conmueve desde que se irguió sobre sus cuartos traseros y se convirtió en la especie dominante sobre este planeta.

La humanidad se sirve de la iluminación eléctrica desde 1880 y no fue mucho después de esa fecha, que algunos de los primeros fabricantes reconocieron los beneficios visuales y económicos de dirigir la luz hacia abajo, hacia el suelo. Desafortunadamente pocos en el mundo de hoy en día, ejecutan los procedimientos correctos que amerita una iluminación pública no contaminante.

Con el nombre contaminación luminosa se designa la emisión directa o indirecta hacia la atmósfera de luz procedente de fuentes artificiales, en distintos rangos espectrales. En Venezuela, el resplandor nocturno y las nubes noctilucentes, signos visibles de contaminación luminosa, se han hecho marcadamente más evidentes desde finales del siglo XX con el uso generalizado de farolas de alta intensidad que utilizan lámparas de vapor de mercurio y de sodio de alta presión, y, con el cambio social que hace que ahora, más que nunca, haya más gente en las calles hasta en la madrugada.

A medida que aumentan nuestros devaneos nocturnos también lo hace la necesidad de una iluminación nocturna omnipresente. Por ignorancia, inconsciente o deliberada, el cielo de las ciudades latinoamericanas está teñido con el velo del espectro de emisión de lámparas de vapor de mercurio y de sodio de alta presión. De continuar el incremento del derroche de luz, dentro de unos pocos años el cielo nocturno de las principales ciudades de Venezuela estará tan contaminado lumínicamente que será imposible divisar más que unas pocas estrellas.

La emisión indiscriminada de luz hacia el cielo y su dispersión en la atmósfera constituyen, además, un evidente atentado contra el paisaje nocturno, al ocasionar la desaparición progresiva de los astros. Muchos objetos celestes no tienen un brillo puntual como las estrellas, sino que son extensos y difusos (las nebulosas y las galaxias) y, por esta razón, son los primeros en resultar afectados. Su visión depende del contraste existente entre su tenue luminosidad y la oscuridad del fondo del cielo. Al dispersarse la luz, el fondo se torna gris y estos objetos desaparecen. El ejemplo más notable lo constituye la desaparición total de la visión del plano de la Vía Láctea, nuestra galaxia, desde la capital del Estado Táchira. Hay que alejarse mucho de las capitales de municipios para encontrar cielos lo suficientemente oscuros como para poder observarla en toda su magnificencia.

Al incrementarse más y más el brillo del cielo, acaban por desaparecer también, de forma progresiva, las estrellas, con lo que, al final, solamente las más brillantes, algunos planetas y la Luna resultan visibles en medio de un cielo urbano que es como una neblina gris-anaranjada. La destrucción del paisaje celeste comporta, profundas consecuencias culturales y humanas. Si el desplazamiento masivo de la población desde áreas rurales a las urbanas ya implica de por sí una pérdida inevitable de las formas de vida tradicionales y de los elementos culturales en que éstas se basan, la imposibilidad de contemplar el cielo desde las ciudades priva además al individuo de un contacto directo con el universo, lo que origina un inevitable empobrecimiento cultural y personal.

No cabe duda que el uso de la electricidad para generar luz haya constituido un innegable factor de progreso, pero no es menos cierto que su mal uso se ha convertido, lamentablemente, en una expresión característica más de nuestro irracional estilo de vida consumista.  Es bien sabido que ciertas cosas resultan tanto más contraproducentes cuanto mayor es la ignorancia respecto de ellas. En nuestro caso, esto es una realidad incuestionable. Por lo tanto, resulta obvio que la solución del problema es una tarea de divulgación que debe utilizar todos los instrumentos de comunicación social disponibles (prensa, radio, televisión e Internet) para hacer llegar información sobre el fenómeno de la contaminación luminosa al mayor número de ciudadanos. No podremos solucionar un problema si no aceptamos que el problema existe.

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